Madrid 18 de Noviembre 1936: arde Madrid
Written by rafa hortaleza on viernes, enero 30, 2009Bombas día y noche martirizan la ciudad. En Madrid se agolpan más de 3.000 heridos sin evacuar, los muertos se acumulan en cualquier parte y son enterrados en fosas comunes. No hay tiempo para nada en Madrid. Sólo hay tiempo para luchar y morir.
En la Ciudad Universitaria no hay frente de combate. La lucha es encarnizada y en ocasiones cuerpo a cuerpo.
En el Hospital Clínico continúa la lucha piso a piso. Los brigadistas de la XI, batallón 'Edgar André' mantienen el tipo frente a mercenarios marroquíes y legionarios. Planta a planta, habitación a habitación.
Por la noche, las toneladas de bombas incendiarias que los fascistas arrojan sobre la ciudad provocan pavorosos incencios. Madrid arde.
Muchos de los miles de heridos morirán antes de recibir ayuda médica. Los más afortunados tendran la suerte de llegar a algún 'hospital de sangre' donde con suerte se recuperarán de sus heridas y mutilaciones. Para ellos, para pintarlo como mural en uno de esos hospitales, Miguel Hernandez escribió este poema "El Herido"
Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.
La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.
La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla.
Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.
Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!
Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía.
de ensangrentadas puertas.
II
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
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